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De vuelta en el grisáceo fiordo tras una intensa semana en la Formación de Yoga Aéreo con la maestra, compañera, amiga y cuidadora Rosario Belmonte, a quien dedico este post, junto con las tres fantásticas compañeras de vuelos, risas, llantos, silencios y lindas conversas.

Por mucho que narre, ilustre o muestre memorias visuales de esta experiencia, es todo una muy pequeñita fracción de una semana preciosa, llena de encuentros, emociones, sensaciones, retos, caricias… Las palabras que más resuenan son: Cuidados, permitir, respirar, confiar, bailar…

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Y es que las telas remueven, como bien repite Rosario. Mueven, las mueves, te mueven, te cuidan, te mantienen en la armonía de la gravedad para que la atravieses, para que permitas ver la realidad en suspensión. Todo lo que sube, baja y viceversa… Y dejarse cuidar es un reto, que siempre estamos cuidando de todo lo demás, aportando seguridad que necesita ser individual, invadiendo espacios para evitar caídas que pueden ser necesarias para el crecimiento de otros. Permitir que te cuiden, que sientan tus miedos, tus rotos y descosidos, tus cerraduras y tus heridas… Que te sientan y te ayuden a sanar, desde el cariño, desde la confianza de saber que puedes todo lo que quieras… Lo explico con palabras y lágrimas que corren por mi rostro con un profundo agradecimiento que difícilmente logro definir con el lenguaje escrito.

El yoga aéreo se confirma como una preciosa forma de amar y sentir el mundo, al derecho y al revés, en conjunta armonía. Los sentidos se agudizan, el cerebro se confunde y la consciencia plena se manifiesta para estar presente, para no caer. La tela ayuda si aprendes a colocarla, a agarrarla, a dejarla estar contigo, a deslizarla. Es esencial saber cómo colocarla y en cada parte de una forma y en cada forma con un cuidado especial.

Una cosa es volar solo, otra compartirlo con otros voladores una vez aprendes y otra muy distinta, guiar a los demás. Y qué hermoso es poder transmitir lo aprendido, lo sentido y poder expresarlo, compartirlo, cuidarlo…

Así, removida y con alas puestas, con la ilusión de continuar bailando con la tela, de intimar y profundizar en la práctica, de compartir vuelos, de guiar a nuevas aves que quieren abrir alas al mundo… Así se abren nuevos horizontes, al cambio, para abrir puertas cerradas y desprenderse de miedos y equipajes, así comienza una nueva etapa.

Volando, con entusiasmo y curiosidad, con otros ritmos, con nuevos aires, con nuevas compañías.

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El agradecimiento a la compañera Esther por tomar las fotografías en las telas y al lugar donde nos encontramos para esta formación: La Semilla de Bolonia. Un hogar para la convivencia y también para el silencio, donde compartir, enriquecerse y enriquecer, dejarse llevar por los vientos, contemplar paisajes, cielos y horizontes de sal y tierra. Gracias a la familia de La Semilla y todos los miembros que la siguen formando. Por ofrecernos saborear las esencias de un lugar mágico e inspirar a crecer llevando esa magia dentro para repartirla y compartirla allá donde nos lleven los vientos.

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Gracias Rosario, Marita, Sole y Esther. Preciosos espejos de almas bondadosas y fieles.

Y gracias a la familia de Kinema Terapias Naturales en Sevilla, donde hace algo más de un año se produjo el bonito encuentro en el cual descubrí el yoga aéreo y conocí a la preciosa Rosario. Encuentros que marcan, dejan huella y abren puertas, sin duda alguna. Estas fotos fueron tomadas en mayo de 2015, justo un año después de conocernos. Preciosos vuelos, inolvidables…

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En tierra noruega con sal gaditana en la mochila, de brújula cambiante, rumbo a los sures pronto…

Irene